Tuesday, May 19, 2009
EL TACUAZIN. CAPITULO VII. J’VEUX QU’ON BAISE SUR MA TOMBE.
Llega un punto donde el respirar cansa. Estar en la cama, extrañar a todas esas mujeres que son el futuro, y repudiar la necesidad de sobrevivir para llegar a ellas. El acto de inhalar es absurdo, el de exhalar una broma de mal gusto. Encender un cigarro, limpiar la sangre sobre la almohada, rasurarse y guardar cualquier indicio que la noche anterior fue infernal. Toda esa rutina del ilegal, del justiciero que nadie quiere conocer. Nadie quiere ver a los ojos al asesino. En particular cuando se siente mas próximo que cualquier hermano. Se parece demasiado a mi podría pensar uno.
La policía afuera esta rondando. Talvez ya lo encontró, habrá dejado alguna huella dactilar? O su huella inconfundible para que los sabuesos le persigan hasta este dolor en la cama?
Tiene abierta la pierna y ahora es una gran mancha negra. Un brazo esta casi dislocado. La espalda se siente partida en dos. No recuerda casi nada de la noche anterior, pero nuevas cicatrices cubrirán su mapa corporal como nuevos ríos y nuevas cordilleras y nuevas depresiones. Un tapizado de seis meses de operaciones donde el sistema nervioso estalla con los disparos, repitiendo los sismos con ansiedad. Duerme el resto del día.
Ya estoy mejor. Ha sido una semana desde la quema de la comisaría. En el café por la tarde la lluvia paraliza la ciudad. De nuevo ríos cubren las calles y las mujeres corren con las medias enlodadas. Leo y fumo viéndolo todo desde el segundo piso con otros lobos solitarios, aunque ninguno tiene el hedor de sangre en el hocico tan fresca como el tímido Raciel, como yo. Nunca me he sentido tan distante de todos estos lectores que creen que hay algo entre sus líneas, alguna respuesta escondida, algo encriptado que solo ellos podrán entender. Alguna certeza de que en verdad viven. Y cuando comienzo a pensar así intento detenerme. Nada nunca bueno sale de este tren. Y ocurre otra vez el pensamiento recurrente de un veterano harto. De que sirve? Por quien lucho?
La vitalidad de la guerra ha perdido casi todo su romanticismo. En las avenidas solo se ven Poseídos, mas malditos y no hay compasión. Entonces, por quien? Quien vale tanta muerte? La humanidad es un moribundo que clama por ser desconectado de este respirador artificial. Ningún mortal puede desconectarlo, soy la prueba viviente. Necesitamos un cataclismo, un trueno que parta el alma de cada hombre en dos. Un oleaje monstruoso de conciencia. Un meteoro de luz que aplaste cada sombra sin duda, sin ideal, sin discurso mesiánico. Alguien como dios, un sicario lo suficiente poderoso y omnisciente porque mis fuerzas se han debilitado, mi cuerpo ya es demasiado frágil. Anoche soñé, tenia enfrente mío un cuerpo oscuro, un Poseído que se reía de mi, y detrás de él una hilera interminable de Endemoniados que esperaban su turno, riéndose, para que los fusilara. Y mi brazo levantado se erguía entusiasta, pero al querer apretar el gatillo mi cuerpo no obedeció, no respondía a mi llamado de justicia, de frialdad, de miedo y de coraje. El sudor me cubre el rostro enmascarado, que no se den cuenta que soy incapaz de terminar siquiera con el primero, mientras ese alegre me mira, esperando paciente su turno. Y las fuerzas no vienen.
El hombre que se sienta en la mesa de alado me mira serio. Es solo de reojo pero es suficiente para que note su interés. Me pone nervioso porque la taza esta vacía y los cigarros todos exhaustos y sigo allí solo porque estos malditos pensamientos me han enclaustrado entre tanta lluvia y ahora la mano esta tiesa y si el tipo me sorprende a quemarropa no podré reaccionar a tiempo. Él sabe que estoy nervioso y que en cualquier momento me echaré a llorar porque no puedo escapar de este maldito país y he truncado mi futuro como monje budista, como pacifista, como arrepentido. Quien contratara al que hizo la limpieza social en la temporada de asesinatos 2008-2009? Un joven chacal de 21 años, que será de él?
Un viento trae un poco de agua a mi rostro y me la limpio con la camisa. De repente el hombre esta enfrente mío. Ni siquiera lo escuche cambiarse de silla. Incluso ha traído su taza de café consigo. Para tranquilizarme levanta una mano y me enseña que esta desarmado mientras llama a la mesera. Otros dos cafés por favor. Esto irá para largo, pienso yo. Si me matara no pediría dos cafés en una tarde tan linda como esta. Talvez dos tragos pero no dos cafés que te obligan a pensar en lo que decís; un café significa, aislado de su contraparte, que todo terminara antes del segundo sorbo.
Sé quien sos, la embajada tiene una foto tuya nocturna. Así te encontré. Me dice cuando se va la mesera, a lo lejos suena el vapor de expressos siendo preparados.
No me importa mucho la verdad, no he encontrado una sola persona que valide todo esto. Todos siguen pensando que están vivos. Nadie se da cuenta que asesino muertos. O al menos muertos en vida.
Déjame hablar, me dice impaciente. Su acento es muy raro, las palabras a medias quieren distorsionarse y el se esfuerza por rectificar cada silaba antes que su lengua madre las transforme. No trabajo para los gringos, de hecho no les he informado a nadie nada sobre ti. Vine hace una semana y me llamo Kemen, lo único que te puedo decir sobre mi por ahora. Creo que nadie mas sabe quien sos, pero evita el día por unas dos semanas. Me pagaron bien para que te matara y tuve mucha suerte para encontrarte, admiro tu trabajo y convicciones. Aunque sea apolítico.
Esto no es sobre política.
Bueno, lo que sea. La mitad del hemisferio te quiere muerto antes de que podas matar a los suyos. No te estas enfrentando contra solo nacionales, en este paisito están todos metidos. No te entienden muy bien pero mas o menos adivinan quienes son los que hacen falta. Se están armando y si has puesto atención ya sabrás quienes son. Rusos, gringos claro, DEA, CIA, G2, israelitas, albanos, españoles, colombianos, coreanos y algunos mexicanos. Podría intentar encubrirte por un tiempo pero te hallaran tarde o temprano. Así que solo me queda darte una mano.
Porque lo harás?
Porque me hubiera gustado que se me ocurriera esto hace quince años. Aunque incluso si así hubiese sido, talvez no hubiera tenido los cojones de hacerlo a tu edad. Así que, vale la pena. Mañana teminare mi contrato con un operativo que te agradara. Niño, te respeto. No te detengas, yo tampoco te comprendo mucho pero creo saber a donde vas con todo esto. Solo gente como yo sabe lo que es reprocharle a dios ciertas cosas imperdonables. A veces le he reprochado que yo siga vivo pero para alguien como tu servidor 35 años es mucho. Se te desgastan los huesos.
La cadera se le retuerce de dolor y lo comprende sin titubeos, reconoce sus intenciones y se da cuenta que son tan similares. Sus ojos portan la misma cicatriz que solo resplandece cuando el sol se apaga.
Los despistaras?
El tiempo que pueda, escogeré los objetivos mas obvios. Te dejare los golpes claves, con suerte en unas semanas ocurra algo grande como una rebelión o revolución. Entre la confusión podas escapar o terminar el trabajo.
Raciel piensa que para terminar esto tendría que pasar de asesino a genocida.
En todo este tiempo no ha conocido los ojos de este hombre, talvez simula teatralmente leer el periódico debajo de la taza vacía. Pero con quien mas hablaría un hitman internacional vasco en un país ajeno e insignificante para sus contratistas?
Que pasa si necesito contactar?
No podrás, pero si es muy necesario compra un libro de poesía vasca aquí. Me daré cuenta. Mate el café con un gesto de asco. Me dice, Dos fantasmas son mas difíciles de cazar que una sola alma en pena.
La policía afuera esta rondando. Talvez ya lo encontró, habrá dejado alguna huella dactilar? O su huella inconfundible para que los sabuesos le persigan hasta este dolor en la cama?
Tiene abierta la pierna y ahora es una gran mancha negra. Un brazo esta casi dislocado. La espalda se siente partida en dos. No recuerda casi nada de la noche anterior, pero nuevas cicatrices cubrirán su mapa corporal como nuevos ríos y nuevas cordilleras y nuevas depresiones. Un tapizado de seis meses de operaciones donde el sistema nervioso estalla con los disparos, repitiendo los sismos con ansiedad. Duerme el resto del día.
Ya estoy mejor. Ha sido una semana desde la quema de la comisaría. En el café por la tarde la lluvia paraliza la ciudad. De nuevo ríos cubren las calles y las mujeres corren con las medias enlodadas. Leo y fumo viéndolo todo desde el segundo piso con otros lobos solitarios, aunque ninguno tiene el hedor de sangre en el hocico tan fresca como el tímido Raciel, como yo. Nunca me he sentido tan distante de todos estos lectores que creen que hay algo entre sus líneas, alguna respuesta escondida, algo encriptado que solo ellos podrán entender. Alguna certeza de que en verdad viven. Y cuando comienzo a pensar así intento detenerme. Nada nunca bueno sale de este tren. Y ocurre otra vez el pensamiento recurrente de un veterano harto. De que sirve? Por quien lucho?
La vitalidad de la guerra ha perdido casi todo su romanticismo. En las avenidas solo se ven Poseídos, mas malditos y no hay compasión. Entonces, por quien? Quien vale tanta muerte? La humanidad es un moribundo que clama por ser desconectado de este respirador artificial. Ningún mortal puede desconectarlo, soy la prueba viviente. Necesitamos un cataclismo, un trueno que parta el alma de cada hombre en dos. Un oleaje monstruoso de conciencia. Un meteoro de luz que aplaste cada sombra sin duda, sin ideal, sin discurso mesiánico. Alguien como dios, un sicario lo suficiente poderoso y omnisciente porque mis fuerzas se han debilitado, mi cuerpo ya es demasiado frágil. Anoche soñé, tenia enfrente mío un cuerpo oscuro, un Poseído que se reía de mi, y detrás de él una hilera interminable de Endemoniados que esperaban su turno, riéndose, para que los fusilara. Y mi brazo levantado se erguía entusiasta, pero al querer apretar el gatillo mi cuerpo no obedeció, no respondía a mi llamado de justicia, de frialdad, de miedo y de coraje. El sudor me cubre el rostro enmascarado, que no se den cuenta que soy incapaz de terminar siquiera con el primero, mientras ese alegre me mira, esperando paciente su turno. Y las fuerzas no vienen.
El hombre que se sienta en la mesa de alado me mira serio. Es solo de reojo pero es suficiente para que note su interés. Me pone nervioso porque la taza esta vacía y los cigarros todos exhaustos y sigo allí solo porque estos malditos pensamientos me han enclaustrado entre tanta lluvia y ahora la mano esta tiesa y si el tipo me sorprende a quemarropa no podré reaccionar a tiempo. Él sabe que estoy nervioso y que en cualquier momento me echaré a llorar porque no puedo escapar de este maldito país y he truncado mi futuro como monje budista, como pacifista, como arrepentido. Quien contratara al que hizo la limpieza social en la temporada de asesinatos 2008-2009? Un joven chacal de 21 años, que será de él?
Un viento trae un poco de agua a mi rostro y me la limpio con la camisa. De repente el hombre esta enfrente mío. Ni siquiera lo escuche cambiarse de silla. Incluso ha traído su taza de café consigo. Para tranquilizarme levanta una mano y me enseña que esta desarmado mientras llama a la mesera. Otros dos cafés por favor. Esto irá para largo, pienso yo. Si me matara no pediría dos cafés en una tarde tan linda como esta. Talvez dos tragos pero no dos cafés que te obligan a pensar en lo que decís; un café significa, aislado de su contraparte, que todo terminara antes del segundo sorbo.
Sé quien sos, la embajada tiene una foto tuya nocturna. Así te encontré. Me dice cuando se va la mesera, a lo lejos suena el vapor de expressos siendo preparados.
No me importa mucho la verdad, no he encontrado una sola persona que valide todo esto. Todos siguen pensando que están vivos. Nadie se da cuenta que asesino muertos. O al menos muertos en vida.
Déjame hablar, me dice impaciente. Su acento es muy raro, las palabras a medias quieren distorsionarse y el se esfuerza por rectificar cada silaba antes que su lengua madre las transforme. No trabajo para los gringos, de hecho no les he informado a nadie nada sobre ti. Vine hace una semana y me llamo Kemen, lo único que te puedo decir sobre mi por ahora. Creo que nadie mas sabe quien sos, pero evita el día por unas dos semanas. Me pagaron bien para que te matara y tuve mucha suerte para encontrarte, admiro tu trabajo y convicciones. Aunque sea apolítico.
Esto no es sobre política.
Bueno, lo que sea. La mitad del hemisferio te quiere muerto antes de que podas matar a los suyos. No te estas enfrentando contra solo nacionales, en este paisito están todos metidos. No te entienden muy bien pero mas o menos adivinan quienes son los que hacen falta. Se están armando y si has puesto atención ya sabrás quienes son. Rusos, gringos claro, DEA, CIA, G2, israelitas, albanos, españoles, colombianos, coreanos y algunos mexicanos. Podría intentar encubrirte por un tiempo pero te hallaran tarde o temprano. Así que solo me queda darte una mano.
Porque lo harás?
Porque me hubiera gustado que se me ocurriera esto hace quince años. Aunque incluso si así hubiese sido, talvez no hubiera tenido los cojones de hacerlo a tu edad. Así que, vale la pena. Mañana teminare mi contrato con un operativo que te agradara. Niño, te respeto. No te detengas, yo tampoco te comprendo mucho pero creo saber a donde vas con todo esto. Solo gente como yo sabe lo que es reprocharle a dios ciertas cosas imperdonables. A veces le he reprochado que yo siga vivo pero para alguien como tu servidor 35 años es mucho. Se te desgastan los huesos.
La cadera se le retuerce de dolor y lo comprende sin titubeos, reconoce sus intenciones y se da cuenta que son tan similares. Sus ojos portan la misma cicatriz que solo resplandece cuando el sol se apaga.
Los despistaras?
El tiempo que pueda, escogeré los objetivos mas obvios. Te dejare los golpes claves, con suerte en unas semanas ocurra algo grande como una rebelión o revolución. Entre la confusión podas escapar o terminar el trabajo.
Raciel piensa que para terminar esto tendría que pasar de asesino a genocida.
En todo este tiempo no ha conocido los ojos de este hombre, talvez simula teatralmente leer el periódico debajo de la taza vacía. Pero con quien mas hablaría un hitman internacional vasco en un país ajeno e insignificante para sus contratistas?
Que pasa si necesito contactar?
No podrás, pero si es muy necesario compra un libro de poesía vasca aquí. Me daré cuenta. Mate el café con un gesto de asco. Me dice, Dos fantasmas son mas difíciles de cazar que una sola alma en pena.
Sunday, May 3, 2009
EL TACUAZIN. CAPITULO VI. HOME.
Su despertar era como otro sueño. Puesto la alarma para que sonara a las 4 de la tarde, y sin embargo parecían las 6. El aire afuera era caliente y húmedo, no había lluvia y aun todo se empapaba. No desayuno, no se ducho, el impulso simple de mojarse con la nada flotando por el aire, refrescando la ciudad con su paso lento. El viento ya levanta vuelo. Oigo las sirenas, los disparos, la policía y algún niño jugando y sé que sigo en mi patria. Que no soy un exiliado, tampoco un guerrillero ni un paramilitar, un sicario ni un activista. Sigo siendo un asesino, sí, pero detrás hay un sueño del cual nunca se despierta.
Mis pasos me llevan a comprar el diario. La portada claro son los múltiples cuerpos cubiertos con sabanas y toldos plásticos, lo que haya a la mano para divertirla imaginación cada vez mas morbosa de los guatemaltecos. El informe relata algunas predicciones, comunicados públicos, la interpelación del ministro de gobernación que ya no sabe qué hacer, a punto de darse por vencido. Las hipótesis no han cambiado, no hay rastros del responsable ni se sabe su nombre, si las cosas siguen así pronto será una leyenda que cobra vida por las noches. Como el cadejo o el sombrerón. El hermetismo de las autoridades lo tranquilizan un poco. La lluvia lava la sangre y sus pasos quedos.
Por la calle hay rumores de que mercenarios israelitas ingresaron al país para cazarme. La inteligencia gringa ya sabe quien soy pero esperan a que puedan disfrazar mis atentados de musulmanes o cualquier cosa levemente oriental para rematar el caso. Alguien susurra mientras paso que un agente de contrainteligencia vasco sigue mis pasos. Vuelvo la cabeza y no hay nadie.
Comienza a llover fuerte, los taxis pasan haciendo olas en el sistema de drenajes colapsado. Las camionetas son mastodontes acuáticos que lentamente suspiran humo negro a pesar de lo gris que es el día. Mañana tengo clase de francés, debo ir a comprar víveres al super, cambiar un cheque e ir por mas balas a los barrancos de los mercados paralelos. La nostalgia es insufrible.
Un hombre bolo del otro lado de la calle tiene una cara tan triste como la mía. Le quiero sonreír desde mi lado del mundo pero el río que es la carretera nos divide. El gesto no llegaría del otro lado inalterado, lo recibiría como una amenaza, algo de que acobardarse. Siento lastima por él que nunca me vera sonreír y me doy cuenta que soy yo el que da lastima. Con las ojeras y las botas negras sucias. Talvez si le prestara abrigo del frío podríamos hablar de la salvación. Pasa un carro que me corta la figura momentáneamente, al pasar el obstáculo ya hay dos, y el de atrás golpea a mi hombre en la cabeza salvajemente. En la lluvia y sin recato, sabe que nadie se detendrá, nadie levantara una voz que siquiera se ahogue un poco mas cerca del triste poste humano que esta siendo robado y ultrajado. La vida en este mundo lo ha dejado sin fuerzas.
No quiero que me miren, que me reconozcan y de repente me encuentro cruzando la calle. Aprovechando una luz roja llego a la golpiza ya con mi pequeño sable cortando el aire y no pienso en nada cuando golpeo la cara del asaltante. El hombre en el piso no se da cuenta. El caco se recupera fríamente y me dirige una mirada escondida pero es muy tarde para él. Le hundo la nariz en la cabeza algunos centímetros y cuando esta en el suelo lo desarmo. Su brazo derecho, con brazo hábil es fuerte, abro su mano y con algún esfuerzo inconciente corto uno a uno los dedos morenos. La otra mano. La agonía lo paraliza y no puedo ver por la lluvia densa. Solo se que la carne y el hueso tampoco oponen resistencia. Ojo por ojo, mano por mano.
Cuando se levanta extasiado de dolor veo que es un chico. Me alejo corriendo, quiero despertar de este sueño mojado y corinto, gris y frío, ajeno. Por primera vez en mi vida tengo miedo de mi mismo. Tiemblo de miedo.
Tantas cosas que quedan sin hacer. Tanto sin decir.
Mis pasos me llevan a comprar el diario. La portada claro son los múltiples cuerpos cubiertos con sabanas y toldos plásticos, lo que haya a la mano para divertirla imaginación cada vez mas morbosa de los guatemaltecos. El informe relata algunas predicciones, comunicados públicos, la interpelación del ministro de gobernación que ya no sabe qué hacer, a punto de darse por vencido. Las hipótesis no han cambiado, no hay rastros del responsable ni se sabe su nombre, si las cosas siguen así pronto será una leyenda que cobra vida por las noches. Como el cadejo o el sombrerón. El hermetismo de las autoridades lo tranquilizan un poco. La lluvia lava la sangre y sus pasos quedos.
Por la calle hay rumores de que mercenarios israelitas ingresaron al país para cazarme. La inteligencia gringa ya sabe quien soy pero esperan a que puedan disfrazar mis atentados de musulmanes o cualquier cosa levemente oriental para rematar el caso. Alguien susurra mientras paso que un agente de contrainteligencia vasco sigue mis pasos. Vuelvo la cabeza y no hay nadie.
Comienza a llover fuerte, los taxis pasan haciendo olas en el sistema de drenajes colapsado. Las camionetas son mastodontes acuáticos que lentamente suspiran humo negro a pesar de lo gris que es el día. Mañana tengo clase de francés, debo ir a comprar víveres al super, cambiar un cheque e ir por mas balas a los barrancos de los mercados paralelos. La nostalgia es insufrible.
Un hombre bolo del otro lado de la calle tiene una cara tan triste como la mía. Le quiero sonreír desde mi lado del mundo pero el río que es la carretera nos divide. El gesto no llegaría del otro lado inalterado, lo recibiría como una amenaza, algo de que acobardarse. Siento lastima por él que nunca me vera sonreír y me doy cuenta que soy yo el que da lastima. Con las ojeras y las botas negras sucias. Talvez si le prestara abrigo del frío podríamos hablar de la salvación. Pasa un carro que me corta la figura momentáneamente, al pasar el obstáculo ya hay dos, y el de atrás golpea a mi hombre en la cabeza salvajemente. En la lluvia y sin recato, sabe que nadie se detendrá, nadie levantara una voz que siquiera se ahogue un poco mas cerca del triste poste humano que esta siendo robado y ultrajado. La vida en este mundo lo ha dejado sin fuerzas.
No quiero que me miren, que me reconozcan y de repente me encuentro cruzando la calle. Aprovechando una luz roja llego a la golpiza ya con mi pequeño sable cortando el aire y no pienso en nada cuando golpeo la cara del asaltante. El hombre en el piso no se da cuenta. El caco se recupera fríamente y me dirige una mirada escondida pero es muy tarde para él. Le hundo la nariz en la cabeza algunos centímetros y cuando esta en el suelo lo desarmo. Su brazo derecho, con brazo hábil es fuerte, abro su mano y con algún esfuerzo inconciente corto uno a uno los dedos morenos. La otra mano. La agonía lo paraliza y no puedo ver por la lluvia densa. Solo se que la carne y el hueso tampoco oponen resistencia. Ojo por ojo, mano por mano.
Cuando se levanta extasiado de dolor veo que es un chico. Me alejo corriendo, quiero despertar de este sueño mojado y corinto, gris y frío, ajeno. Por primera vez en mi vida tengo miedo de mi mismo. Tiemblo de miedo.
Tantas cosas que quedan sin hacer. Tanto sin decir.
Tuesday, April 28, 2009
EL TACUAZIN. CAPITULO V. CUPID COME.
Los días eran cada vez mas cortos. Las promesas de lluvia que todo el país esperaba, aunque no tanto como la siguiente noticia del golpe del Tacuazín. El sol caía mas rápido, como apuñalado por una mano invisible y con su derrota la noche avorazada daba paso al cambio de rostros. En verdad, esa mascara cada vez estaba mas tiempo puesta. Las noches se regocijaban en su anarquía, orgías de sangre pululaban y el Tacuazín ya era constante en la vida de los inocentes como una esperanza que se teme y en los culpables como un temor sin esperanza. Raciel al mediodía descansaba por fin debajo de algún árbol, poco a poco el Tacuazín le requería mas tiempo y mas energía. Pareciera su nombre dejaría desaparecería mas pronto que la sombra que lo acompañaba a todas partes. Poco a poco tenia menos que perder, y en cierta forma eso le agradaba. Lo hacia mas peligroso, mas implacable; por así decirlo.
Su fama comenzaba a trascender fuera del país. Era de esperarse que otros hiciesen su trabajo afuera de las fronteras en cuestión de meses. Otros Tacuazines para otros Demonios, otros Jueces para otros a ser juzgados, otros asesinos de asesinos. Y gracias a dios por ello, el solo pensamiento de tener que luchar contra los violadores del África, los corruptos de EEUU, los despóticos de Latinoamérica, los silenciosos de Asia lo sobrecogían como el peso de mil vidas desperdiciadas sobre su joven edad. Guatemala era suficiente de por si, suficiente para matar una vida entera y nunca acabar.
Pero por algún lugar debía empezar. Consiguió trabajo como maestro de francés, idioma que su familia le había heredado en una zona pudiente de la ciudad. Ganaba lo suficiente para pagar sus gastos y le dejaba suficiente tiempos para merodear por las noches por las comisarías de la ciudad. Los policías estaban demasiado confiados de sus números avallasadores y era bastante fácil acecharlos, bastaba con disfraces simples o el olor a guaro en la ropa para que le perdieran interés.
Hacían casi dos meses desde el golpe a la cárcel y aun no se recuperaba del todo. Desde entonces algo le obligaba a permanecer despierto, salir a la calle, buscar gente, buena mala lo que caiga. Se había dejado crecer la barba durante este tiempo y estaba irreconocible. Las armas seguían aceitadas y era tiempo para sorprender a las radiopatrullas que descansaban menos que él.
Durante sus investigaciones había reclamado algo que la ciudad se había tragado muchos años antes: la vergüenza. Estos uniformados eran reconocidos por ciertos delitos entre la sociedad pero el esquema real superaba incluso las expectativas del hombre cínico de negro. Quería darles una lección. La prostitución, trafico de drogas, extorsiones menores y alianzas con mareros eran cosa común en las calles donde todo se sabe. Pero estos cerdos habían sobrepasado los limites, por las noches en sus rutinarias giras por los desérticos bulevares las comisadas se estaban haciendo progresivamente carteles de trafico de experiencia. Pronto desplazarían a los dialers locales y se quedarían con los feudos de la droga en sus designadas áreas, sembrando terror con la protección que les ofrecía la ley (o lo que quedara de ella) e ira con sus ejecuciones extrajudiciales. Pero a todo esto Raciel estaba acostumbrado, lo que le empalidecía era la arrogancia de los cerdos. La doble moral que compartían con los curas pedófilos y las rígidas monjas educadoras, los políticos también. Esa solamente era causa suficiente para erradicar del mapa a la comisaría mas odiada y eso hizo. Esa hipocresía…
Cuando se acercaba el pick up encendió las luces de la moto parqueada detrás de los matorrales. Los policías también paranoicos lo notaron al instante. Eran las dos de la madrugada y nadie mas podía rondar ese territorio sin que mínimo le sacaran mordida. Le persiguieron como era previsto, el conductor vestía de negro y sin casco o placa, sin chaleco reflejante identificado. Era presa fácil y los policías cayeron como bovinos en rastro. Lo siguieron por una cuadra y no llamaron refuerzos obviamente, el botín era precioso en su oficio y no podían llamar atención. La moto negra que era inusualmente ruidosa, se detuvo cuando le hicieron señales y el piloto les espero un poco nervioso, sabia lo que le venia y para cualquier otro en el peor de los casos sabia que era la muerte inexpulgable, sin compromisos ni justicia. Ellos eran los reyes de la noche y el motorista mínimo les soltaría unas doscientas varas que eran suficiente para el resto de la madrugada en los burdeles de la zona 1.
Se bajaron los cuatro chontes, armas alzadas y el silencio abrumaba la escena. Nadie salía ya a esa hora, en esa zona. El Tacuazín tenia tiempo suficiente para obrar.
Canche, su licencia. - Le dijo el mas gordo, su bigote grasiento no se movía al hablar.
No tengo oficial. – los otros tres que miraban unos pasos atrás, en la oscuridad se rieron, divertidos por la sentimiento de impotencia que se venia.
Uy, me las pone difícil. Esta bien jodido la verdad. Fíjese que vamos a tener que decomisarle la moto y llevarlo a la comisaría porque esta paseándose en como seis leyes por estas infracciones. –
Nombre! Si yo solo salí a dar un paseo, se lo juro que ya me iba para la casa. Por eso salí sin nada mas que el billete por si algo bueno se me atravesaba. –
Mire canche, esta re jodido, aquí lo único que podemos hacer es que me muestre identificación y nos arreglemos aquí porque si se entera el comisario seguro pasa la noche en el bote y de ahí difícil que salga antes del lunes. Los juzgados se paran desde el viernes. – era jueves. Tenia acento oriental.
Va, sabe qué. Déjeme chequear mi bolsa a ver si cargo algo pa’ la fianza. – Raciel temblaba de la emoción y el frío.
Déle canche y vos morales llámate a la unidad dos que no hay clavo con la moto porque todo esta en orden. –
Raciel Aragón se bajó de la moto que aun rugía y fue a las dos bolsas de cuero que colgaban de la parte de aras de su Honda. De una saco una mascara que se puso a espaldas de los cerdos. Y de la otra produjo un trapo. Hizo como que rebuscaba unos segundos mas.
Cuando se dio la vuelta los hombres tardaron unos segundos en reaccionar, la sorpresa era demasiado grande. Y para cuando comenzaban a mover sus cuerpos en atolondrados gestos ya el trapo dejo salir callados suspiros que derribaron los cuatro cuerpos flojos.
El Tacuazín indaga esos cuerpos: habían placas, cedulas, dinero, armas, municiones, radios y uniformes que le servirían después. Metió todo en su moto y la escondió detrás de los arbustos a unos metros de la carretera. Se vistió como el mas seco del grupo, dos agujeros lo delataban y la sangre pesada y caliente se confunda con el color azul negro. Monto tres cuerpos inertes en la cabina del pick up y el cuarto lo colgó de un árbol para que lo descubrieran en la mañana.
La comisaría estaba a unos kilómetros del lugar y la mascara se sentía cómoda detrás del sudor cargado de adrenalina. Al llegar al edificio sucio y abandonado parquea el pick up entre las demás unidades chocadas y sucias. Hay tres radiopatrullas en la zona rondando y adentro del edificio unos 20 uniformados. Unos viendo tele y otros chupando en la sala vieja que usan para interrogaciones o levantar actas inútiles. En este país todo es inútil. Y si no es inútil, será lento.
Mientras se baja del pick up ve los cuerpos que pacientes se recuestan unos contra los otros. Los ojos están cerrados y rígidos ya. En unos minutos la sangre se filtrara hasta el polvo de la noche. Ya no hay tiempo que perder. Quiere terminar lo antes posible para ir a la próxima comisaria del distrito adjunto. La noche será prolifera. El amanecer servirá para perderse entre las calles hasta el escondite seleccionado de la misión. En estos meses todo ha cambiado para él, el mundo también.
Comencé creyendo que era un ciudadano más, sin poderes ni derechos sobrehumanos. Las muertes, las vejaciones, esa justicia caliente que se siente en la sangre ahora, el abrir y cerrar de los ojos mas rápidos que nunca; todo me ha llevado a pensar que dentro mío cohabita una fuerza mayor. Un poder que nadie mas tiene. La lastima que reparto por las noches y que por la mañana renace como miedo y furor. Destellante esta lastima es mi superpoder. Repartir lastima, tristeza. Todos nos moriremos algún día, de mil y una maneras, con mil y una frustraciones y dolores, pero en vida a los que se rehúsan a verse a los ojos en el espejo, a esos culpables que son demasiado huecos como para afrontarse, a esos les daré tristeza, el dolor mas grande del mundo, a punta de verga los hago despertar. Que la tristeza se apodere de ellos, que se los coma vivos, porque algunos sabrán que cuando muera el día talvez mueran ellos también. Todos tomados de la mano, siendo de nuevo parte del ciclo divino, sugiriendo una salvación a través de las lagrimas.
Se tapo la cara con la gorra desteñida. Algunos de los policías ahí eran inocentes e iracundos por ser parte de esa maquinaria inmunda. Aun así, no harían nada. Tendrían que perder un trabajo, una pensión, un beneficio, un orgullo, un poder si delataban el sistema. La vida si lucharan contra ese sistema del cual eran parte, arrepentidos claro. Igual se los llevaría la que los trajo. La marimbeada comenzó sin pasar palabra. Chonte que salía al pasillo chonte que caía. El silenciado se calentaría a la segunda tolva y apareció la navaja larga, finamente afilada como con amor. En la ala de televisión termino dentro de un cráneo y acaricio debajo del cuello a dos. La pistola hizo el resto del trabajo. La conmoción súbita llamo la atención de la oficina adjunta donde estaba el comisario que se levanto a ver que pasaba. A unos cuantos metros de la sala apareció el Tacuazín y al viejo se le fue el color de la cara. Quiso correr a alertar a sus oficiales e investigadores pero se le ahogaban las palabras.
El viejo corría rápido y ya estaba sudando por el esfuerzo de coger aliento. Lo alcancé de un ultimo salto y caí en su espalda, con la izquierda perfore su nuca unas tres veces hasta que sentí que ya no había mayor cosa que perforar, deje el cuello y corrió a donde estaba el grueso del cuerpo policíaco. Uno de esos tantos, algunos de ellos eran los que habían asesinado empresarios, madres de familia, padres y abuelos. Por qué? Casi siempre porque podían.
Ya venían unos diez o quince a ver que putas pero en su camino encontraron una mano. Se detuvieron espantados y la levantaron con cuidado, tenia el mismo tatuaje que el Gordo, uno de sus compañeros. Cuando sacaron las armas desde arriba sonaron disparos. Una metralleta de la policía no dejaba respirar pero ni al mas valiente, lo acribillo sin que pudieran buscar refugio de la omnipresencia del arma, de las balas, de la furia de esa sombra que se movía de lado a lado en el tejado. Tomó el lanzagranadas que encontró en la radiopatrulla y mando al infierno a los pocos que se habían quedado atrás, en uno de los cuartos administrativos. No eran tan salsas para el combate cuerpo a cuerpo, solo se las podían contra indefensos. Quería que ardiera el edificio entero, el lanzagranadas se lo quedaría para la próxima.
Al salir, los cuerpos lo esperaban todavía atrás, obedientes. Se subió con la mascara puesta y fue por su moto. Era tiempo de darle los buenos días a los hipócritas de la zona 5 porque a veces la cura es peor que la enfermedad.
Su fama comenzaba a trascender fuera del país. Era de esperarse que otros hiciesen su trabajo afuera de las fronteras en cuestión de meses. Otros Tacuazines para otros Demonios, otros Jueces para otros a ser juzgados, otros asesinos de asesinos. Y gracias a dios por ello, el solo pensamiento de tener que luchar contra los violadores del África, los corruptos de EEUU, los despóticos de Latinoamérica, los silenciosos de Asia lo sobrecogían como el peso de mil vidas desperdiciadas sobre su joven edad. Guatemala era suficiente de por si, suficiente para matar una vida entera y nunca acabar.
Pero por algún lugar debía empezar. Consiguió trabajo como maestro de francés, idioma que su familia le había heredado en una zona pudiente de la ciudad. Ganaba lo suficiente para pagar sus gastos y le dejaba suficiente tiempos para merodear por las noches por las comisarías de la ciudad. Los policías estaban demasiado confiados de sus números avallasadores y era bastante fácil acecharlos, bastaba con disfraces simples o el olor a guaro en la ropa para que le perdieran interés.
Hacían casi dos meses desde el golpe a la cárcel y aun no se recuperaba del todo. Desde entonces algo le obligaba a permanecer despierto, salir a la calle, buscar gente, buena mala lo que caiga. Se había dejado crecer la barba durante este tiempo y estaba irreconocible. Las armas seguían aceitadas y era tiempo para sorprender a las radiopatrullas que descansaban menos que él.
Durante sus investigaciones había reclamado algo que la ciudad se había tragado muchos años antes: la vergüenza. Estos uniformados eran reconocidos por ciertos delitos entre la sociedad pero el esquema real superaba incluso las expectativas del hombre cínico de negro. Quería darles una lección. La prostitución, trafico de drogas, extorsiones menores y alianzas con mareros eran cosa común en las calles donde todo se sabe. Pero estos cerdos habían sobrepasado los limites, por las noches en sus rutinarias giras por los desérticos bulevares las comisadas se estaban haciendo progresivamente carteles de trafico de experiencia. Pronto desplazarían a los dialers locales y se quedarían con los feudos de la droga en sus designadas áreas, sembrando terror con la protección que les ofrecía la ley (o lo que quedara de ella) e ira con sus ejecuciones extrajudiciales. Pero a todo esto Raciel estaba acostumbrado, lo que le empalidecía era la arrogancia de los cerdos. La doble moral que compartían con los curas pedófilos y las rígidas monjas educadoras, los políticos también. Esa solamente era causa suficiente para erradicar del mapa a la comisaría mas odiada y eso hizo. Esa hipocresía…
Cuando se acercaba el pick up encendió las luces de la moto parqueada detrás de los matorrales. Los policías también paranoicos lo notaron al instante. Eran las dos de la madrugada y nadie mas podía rondar ese territorio sin que mínimo le sacaran mordida. Le persiguieron como era previsto, el conductor vestía de negro y sin casco o placa, sin chaleco reflejante identificado. Era presa fácil y los policías cayeron como bovinos en rastro. Lo siguieron por una cuadra y no llamaron refuerzos obviamente, el botín era precioso en su oficio y no podían llamar atención. La moto negra que era inusualmente ruidosa, se detuvo cuando le hicieron señales y el piloto les espero un poco nervioso, sabia lo que le venia y para cualquier otro en el peor de los casos sabia que era la muerte inexpulgable, sin compromisos ni justicia. Ellos eran los reyes de la noche y el motorista mínimo les soltaría unas doscientas varas que eran suficiente para el resto de la madrugada en los burdeles de la zona 1.
Se bajaron los cuatro chontes, armas alzadas y el silencio abrumaba la escena. Nadie salía ya a esa hora, en esa zona. El Tacuazín tenia tiempo suficiente para obrar.
Canche, su licencia. - Le dijo el mas gordo, su bigote grasiento no se movía al hablar.
No tengo oficial. – los otros tres que miraban unos pasos atrás, en la oscuridad se rieron, divertidos por la sentimiento de impotencia que se venia.
Uy, me las pone difícil. Esta bien jodido la verdad. Fíjese que vamos a tener que decomisarle la moto y llevarlo a la comisaría porque esta paseándose en como seis leyes por estas infracciones. –
Nombre! Si yo solo salí a dar un paseo, se lo juro que ya me iba para la casa. Por eso salí sin nada mas que el billete por si algo bueno se me atravesaba. –
Mire canche, esta re jodido, aquí lo único que podemos hacer es que me muestre identificación y nos arreglemos aquí porque si se entera el comisario seguro pasa la noche en el bote y de ahí difícil que salga antes del lunes. Los juzgados se paran desde el viernes. – era jueves. Tenia acento oriental.
Va, sabe qué. Déjeme chequear mi bolsa a ver si cargo algo pa’ la fianza. – Raciel temblaba de la emoción y el frío.
Déle canche y vos morales llámate a la unidad dos que no hay clavo con la moto porque todo esta en orden. –
Raciel Aragón se bajó de la moto que aun rugía y fue a las dos bolsas de cuero que colgaban de la parte de aras de su Honda. De una saco una mascara que se puso a espaldas de los cerdos. Y de la otra produjo un trapo. Hizo como que rebuscaba unos segundos mas.
Cuando se dio la vuelta los hombres tardaron unos segundos en reaccionar, la sorpresa era demasiado grande. Y para cuando comenzaban a mover sus cuerpos en atolondrados gestos ya el trapo dejo salir callados suspiros que derribaron los cuatro cuerpos flojos.
El Tacuazín indaga esos cuerpos: habían placas, cedulas, dinero, armas, municiones, radios y uniformes que le servirían después. Metió todo en su moto y la escondió detrás de los arbustos a unos metros de la carretera. Se vistió como el mas seco del grupo, dos agujeros lo delataban y la sangre pesada y caliente se confunda con el color azul negro. Monto tres cuerpos inertes en la cabina del pick up y el cuarto lo colgó de un árbol para que lo descubrieran en la mañana.
La comisaría estaba a unos kilómetros del lugar y la mascara se sentía cómoda detrás del sudor cargado de adrenalina. Al llegar al edificio sucio y abandonado parquea el pick up entre las demás unidades chocadas y sucias. Hay tres radiopatrullas en la zona rondando y adentro del edificio unos 20 uniformados. Unos viendo tele y otros chupando en la sala vieja que usan para interrogaciones o levantar actas inútiles. En este país todo es inútil. Y si no es inútil, será lento.
Mientras se baja del pick up ve los cuerpos que pacientes se recuestan unos contra los otros. Los ojos están cerrados y rígidos ya. En unos minutos la sangre se filtrara hasta el polvo de la noche. Ya no hay tiempo que perder. Quiere terminar lo antes posible para ir a la próxima comisaria del distrito adjunto. La noche será prolifera. El amanecer servirá para perderse entre las calles hasta el escondite seleccionado de la misión. En estos meses todo ha cambiado para él, el mundo también.
Comencé creyendo que era un ciudadano más, sin poderes ni derechos sobrehumanos. Las muertes, las vejaciones, esa justicia caliente que se siente en la sangre ahora, el abrir y cerrar de los ojos mas rápidos que nunca; todo me ha llevado a pensar que dentro mío cohabita una fuerza mayor. Un poder que nadie mas tiene. La lastima que reparto por las noches y que por la mañana renace como miedo y furor. Destellante esta lastima es mi superpoder. Repartir lastima, tristeza. Todos nos moriremos algún día, de mil y una maneras, con mil y una frustraciones y dolores, pero en vida a los que se rehúsan a verse a los ojos en el espejo, a esos culpables que son demasiado huecos como para afrontarse, a esos les daré tristeza, el dolor mas grande del mundo, a punta de verga los hago despertar. Que la tristeza se apodere de ellos, que se los coma vivos, porque algunos sabrán que cuando muera el día talvez mueran ellos también. Todos tomados de la mano, siendo de nuevo parte del ciclo divino, sugiriendo una salvación a través de las lagrimas.
Se tapo la cara con la gorra desteñida. Algunos de los policías ahí eran inocentes e iracundos por ser parte de esa maquinaria inmunda. Aun así, no harían nada. Tendrían que perder un trabajo, una pensión, un beneficio, un orgullo, un poder si delataban el sistema. La vida si lucharan contra ese sistema del cual eran parte, arrepentidos claro. Igual se los llevaría la que los trajo. La marimbeada comenzó sin pasar palabra. Chonte que salía al pasillo chonte que caía. El silenciado se calentaría a la segunda tolva y apareció la navaja larga, finamente afilada como con amor. En la ala de televisión termino dentro de un cráneo y acaricio debajo del cuello a dos. La pistola hizo el resto del trabajo. La conmoción súbita llamo la atención de la oficina adjunta donde estaba el comisario que se levanto a ver que pasaba. A unos cuantos metros de la sala apareció el Tacuazín y al viejo se le fue el color de la cara. Quiso correr a alertar a sus oficiales e investigadores pero se le ahogaban las palabras.
El viejo corría rápido y ya estaba sudando por el esfuerzo de coger aliento. Lo alcancé de un ultimo salto y caí en su espalda, con la izquierda perfore su nuca unas tres veces hasta que sentí que ya no había mayor cosa que perforar, deje el cuello y corrió a donde estaba el grueso del cuerpo policíaco. Uno de esos tantos, algunos de ellos eran los que habían asesinado empresarios, madres de familia, padres y abuelos. Por qué? Casi siempre porque podían.
Ya venían unos diez o quince a ver que putas pero en su camino encontraron una mano. Se detuvieron espantados y la levantaron con cuidado, tenia el mismo tatuaje que el Gordo, uno de sus compañeros. Cuando sacaron las armas desde arriba sonaron disparos. Una metralleta de la policía no dejaba respirar pero ni al mas valiente, lo acribillo sin que pudieran buscar refugio de la omnipresencia del arma, de las balas, de la furia de esa sombra que se movía de lado a lado en el tejado. Tomó el lanzagranadas que encontró en la radiopatrulla y mando al infierno a los pocos que se habían quedado atrás, en uno de los cuartos administrativos. No eran tan salsas para el combate cuerpo a cuerpo, solo se las podían contra indefensos. Quería que ardiera el edificio entero, el lanzagranadas se lo quedaría para la próxima.
Al salir, los cuerpos lo esperaban todavía atrás, obedientes. Se subió con la mascara puesta y fue por su moto. Era tiempo de darle los buenos días a los hipócritas de la zona 5 porque a veces la cura es peor que la enfermedad.
Thursday, April 16, 2009
Subscribe to:
Posts (Atom)


.jpg)